viernes, 28 de diciembre de 2012

ILHA DE TAVIRA



Tarde de invierno en Tavira. Desde el barco. Foto de S. M.


Dejo descansando en la mesita de noche de la 106, “Residencial Marés”, el libro de Antonio Lobo Antunes “El orden natural de las cosas”. Me peino en la medida de lo posible, cojo el pañuelo para aplacar el  desmán del viento en mi cabeza y tomamos rumbo a la isla. Atrás queda un hermoso cielo cargado de chaparrones y arco iris.


Buscando el orden natural de las cosas,  no encontramos mejor sitio para aparcar el coche que junto al restaurante “Portas do mar”. Nos dirigimos al muelle donde atraca  el Oslo, el pequeño barco que nos va a  llevar a la isla de Tavira arropados por  la corta y poderosa luz de esta tarde de diciembre. El pantalán huele a infancia. El mar no es ese ente brutal que en mi libro nunca se ve pero siempre  se oye golpeando los húmedos muros de la prisión de Tavira. No hay hipnotizadores levitando, ni  veo las bocas de las profundas minas de Johannesburgo, ni cocoteros meciéndose en las playas de Mozambique entre los que Lobo Antunes rebusca un orden confuso para la realidad de sus otros yo. Aquí hay otra realidad. Y me gusta.

El noray suelta preciosas esquirlas de óxido y yo mojo mis dedos para recogerlas en el frio charco rojo en el que se refleja.  Bajando los escalones, encuentro viejos mejillones que se arraciman para darse calor en las oscuras entrañas del muelle.  El arco iris ha reducido tamaño pero ha aumentado su intensidad: es el escalón mágico que te sumerge entre las nubes oscuras para encontrar las monedas de oro del cuento. El  barco se suelta de la amarra justo en el momento en el que todos los mensajes ocultos se descifran. Este viaje que sigue el vuelo rasante del cormorán es el recreo perfecto: ¡por fin ganan los buenos!

Al llegar a la solitaria isla de Tavira y aprovechando la buena racha, recojo los abundantes tesoros que ella se empeña en  regalarme, en regalarnos: la cortina de una lluvia finita,  las huellas de los correlimos en la arena, la alta caña que pasa a ser el bastón de mando campero del patriarca, el asa de una tinaja -o hasta ánfora- filigranada de incrustaciones de vieja vida marina.

Pero entonces él propone un reto, una pregunta,  por la que vuelve a asomar una rendija de mi inseguridad: ¿en qué lado de la isla te quedarías a vivir? Pues es evidente que la alargada isla tiene dos lados bien distintos, dos caras opuestas, dos maneras de ordenar la realidad.

El lado sur se abre al mar sin medida, al océano de olas desordenadas  y al abismo atlántico. La aventura  y lo salvaje. El lado norte da a la ría tranquila, al faro y la tierra bien firme y hermosa del Algarve. Lo predecible y cómodo. ¡Ay! vamos a ver ahora qué hago, qué decido, dónde planto mi hipotética casa sin hipotecar, pues es verdad que ambos lados me seducen.

En esta diatriba me encuentro cuando pasa un pesquero renqueante en el que ondea la bandera de Portugal, y me da la clave. También esta bandera se parte entre el verde doméstico de la tierra labrada y el rojo del peligro, del oleaje desatado y poderoso, del mar sin puertas. Y los portugueses, pillines, han plantado en el centro, entre ambos colores y uniéndolos, su escudo. Esa esfera de aires manuelinos que hace referencia a la vocación marítima del país.

¡Ahí plantaré mis reales, como el escudo, entre el rojo y el verde! Claro que sé, no hace falta que me lo digas,  que ese sitio es la atalaya de los indecisos. Y de los cobardes.  Pero también es cierto que las promesas se encuentran a los dos lados y que no fue Sancho, sino el mismísimo Quijote el que dijo más o menos aquello de que entre los extremos de la cobardía  y  lo temerario, se halla  la hidalguía.

Regresamos casi al anochecer de la isla de Tavira y encontramos la ciudad mojada y adormecida. Los adoquines del Puente Romano brillan por la lluvia y aún nos queda otro largo paseo por sus largas calles hasta que regresemos  al hotel  y nos bebamos  un oporto blanco sobre la colcha azul para redondear el recreo de esta tarde de diciembre. En la mesita de noche sigue descansando, tal como lo dejé, el libro de Lobo Antunes. Espero que como buen psiquiatra, Lobo sepa perdonar esta esquizofrenia  mía por otro lado tan vulgar.
Cojo “El orden natural de las cosas” y me pongo a leer.




1 comentario:

  1. Otra visión de las dos caras de la isla en el magnífico blog "Las ojeras del lobo".

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